jueves, 14 de enero de 2021

 

Aarón era el primer hijo de Amram y Jocabed5​ del linaje levítico de Coat,5​ hermano mayor de Moisés6​ y menor de Míriam.7​ Estaba casado con una mujer llamada Eliseba y tuvieron cuatro hijos: NadabAbiúEleazar e Itamar. También se le considera fundador del sacerdocio judío.

Junto a Moisés condujo a los israelitas fuera de Egipto, al tiempo que le servía de traductor8​ y portavoz ante el faraón y el pueblo hebreo,3​ por el problema de tartamudez de su hermano. Un milagro se produjo con su vara,9​ la cual floreció. Durante la marcha por el desierto, fabricó el Becerro de oro a instancia de los israelitas, para el culto idólatra (probablemente imitando al egipcio Apis o al toro sagrado de los cananeos) que reclamaba una imagen sensible de Dios.3​ Pertenecía a la tribu de Leví.

Aarón aconsejó en muchas oportunidades a Moisés durante la travesía desde Egipto a la Tierra Prometida. En muchas ocasiones aplacó el genio apasionado de su hermano menor. Sin embargo, en algún momento demostró debilidad de carácter siendo amonestado por Moisés.

Murió a los 123 años10​ en el monte Hor,11​ lugar donde además entregó el sumo sacerdocio a su hijo Eleazar y confirmó el sacerdocio aarónico de Itamar. Los hijos mayores de Aarón, Nadab y Abiú, habían muerto abrasados por el fuego divino, luego de haber transgredido las estrictas leyes del sacerdocio.

jueves, 3 de agosto de 2017

viernes, 3 de marzo de 2017

Abraham, Isaac, Jacob y los hijos de Jacob ABRAHAM Abraham, patriarca bíblico y según el libro del Génesis (11,27; 25,10) padre de los hebreos, que parece vivió entre los años 2000 y 1500 a. C. Abraham es considerado por los musulmanes, quienes le llaman Ibrahím, como un antepasado de los árabes por medio de Ismael (uno de sus hijos). En otro tiempo se le consideró contemporáneo de Hammurabi, rey de Babilonia. Debido a que el relato bíblico de su vida se basa en tradiciones conservadas por transmisión oral más que en documentos históricos, no puede escribirse una biografía tal y como hoy la conocemos. Llamado Abram originalmente, Abraham fue el hijo de Tare, un descendiente de Sem, y nació en la ciudad caldea de Ur, donde se casó con su hermanastra Saray, o Sara. Abandonaron Ur junto a su sobrino Lot y su familia, por inspiración divina y se dirigieron a Harán. Al recibir la promesa de que Dios haría de él una 'nación grande', Abram se trasladó a Canaán, donde vivió como un nómada. El hambre le llevó a Egipto, pero fue expulsado por presentar a Saray, su mujer, como su hermana. Una vez de vuelta a Canaán, Abram y Lot se separaron tras las disputas surgidas entre ellos y sus pastores, quedándose Lot cerca de Sodoma y continuando Abram su vida errante. Más tarde rescató a Lot de la cautividad del rey Cordorlahomor de Elam y fue bendecido por el sacerdote Melquisedec, rey de Salem. Entonces, Dios prometió a Abram un hijo de su esposa Saray, le repitió sus primeras promesas y las confirmó con una alianza. Cuando Abram renovó esta alianza, se estableció el rito de la circuncisión, su nombre se transformó en Abraham, y el de Saray en Sara. Dios, a través de unos ángeles, volvió a prometerle que tendría un hijo varón de Sara. Cuando Dios le informó de que iba a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra a causa de la depravación de sus habitantes, Abraham le suplicó que no lo hiciera. Dios le prometió que salvaría las ciudades si pudiera encontrar sólo diez hombres justos. Al no encontrar ninguno Dios cumplió su amenaza. Ismael, primer hijo de Abraham y de Agar, una esclava egipcia, nació cuando Abraham tenía 86 años. Los musulmanes árabes consideran a Ismael como su progenitor. Isaac, hijo de Abraham alumbrado por Sara cuando éste tenía 100 años, fue el primero de sus descendientes legítimos. Dios exigió que Abraham sacrificara a su hijo, como prueba de fe, aunque por la incondicional obediencia de Abraham, Dios le permitió salvarle y le recompensó con una renovación formal de su promesa. ISAAC Isaac (en hebreo, `hará reír'), patriarca del Antiguo Testamento, hijo de Abraham, hermanastro de Ismael y padre de Jacob y Esaú. El nacimiento de Isaac fue prometido por Dios (Gén. 17, 19 y 21) a Abraham y a su esposa Sara, después de muchos años de matrimonio sin descendencia, como señal de que las bendiciones que Dios otorgó en un principio a Abraham tendrían su continuidad en Isaac, heredero de la Alianza. Los acontecimientos de la vida de Isaac son relatados en el libro del Génesis desde el capítulo 21 al 28. El relato dominante en la narración, que constituye uno de los episodios más conocidos de la Biblia, es la del proyectado sacrificio de Isaac (Gén. 22). Según esta historia, Dios quiso probar la fe de Abraham ordenándole que sacrificara a su amado hijo. En último momento, tras quedar Dios convencido de la incondicional obediencia de ambos, padre e hijo, aceptó un carnero en lugar del joven. Se cree que este relato expresa el rechazo de los hebreos a los sacrificios humanos, practicados por las naciones vecinas. En la sinagoga actual, el carnero es recordado en el ritual de soplar el shofar, o cuerno de carnero, durante los días Solemnes del judaísmo: Rosh Ha-shaná y Yom Kipur. El Nuevo Testamento alude a Isaac como precursor de Cristo y de la Iglesia (Gál. 3,16; 4,21-31); la obediencia de Isaac a su padre, hasta el punto de estar dispuesto a la inmolación, se asocia con la de Cristo (Heb. 11,17-19). Estos temas fueron desarrollados por varios de los autores patrísticos e Isaac aparece con frecuencia en el arte cristiano, en concreto, asociado a la eucaristía. Los arqueólogos y demás científicos bíblicos han trazado similitudes entre la narración bíblica de Isaac y la historia de las tribus semitas. Se considera que Abraham constituye el tronco nómada del que surgieron las tribus hebreas e idumeas. Isaac representaría entonces a las tribus que se unieron para constituir la confederación hebrea y obedecer a Dios, Yahvé, una deidad tribal, en origen. Por su parte, Ismael representaría a las tribus de Idumea. Comparado con los otros dos grandes patriarcas bíblicos, su padre Abraham y su hijo Jacob, Isaac aparece como una figura menos importante. Sin embargo, los especialistas ven por una serie de detalles del relato bíblico, en Isaac, más elementos simbólicos importantes. La hipótesis es que la narración de su nacimiento es un intento deliberado, de los primeros escritores israelitas, de modificar la tradición de las tribus semitas a fin de promover la adhesión a la confederación hebrea, una alianza política y militar, al sugerir que dicha alianza estaba inspirada por una poderosa divinidad. Jacob e hijos Jacob, en el Antiguo Testamento, uno de los patriarcas hebreos, hijo de Isaac y Rebeca y nieto de Abraham. Tras privar con un engaño a su hermano Esaú de la bendición de su padre y de sus derechos de primogenitura, Jacob huyó a la casa de su tío, Labán, para quien trabajó durante muchos años, y cuyas hijas, Lía y Raquel desposó. Sus esposas y sus esclavas, Zilpá y Bilhá, le dieron 12 hijos, que se convertirían en los patriarcas de las 12 tribus de Israel. Lía dio a luz a Isacar, Judá, Leví, Rubén, Simeón y Zebulón; Raquel, a José y Benjamín; Zilpá a Gad y Aser, y Bilhá a Dan y Neftalí. El relato de Jacob se narra en Génesis 25-35. Los acontecimientos más sobresalientes de su existencia fueron la visión de la "escalera de Jacob", la bendición que recibió en Betel (Gén. 28,10-22) y la concesión del nombre Israel por un adversario divino tras luchar contra él (Gén. 32,24-32). Así como la figura de Esaú está considerada como la representación de la nación de Edom (Gén. 36,8), la de Jacob, o Israel, personifica a la nación de Israel. Así, el profeta Oseas traza un paralelo entre las experiencias de Jacob y las de su pueblo (Os. 12) hacia el 1700 a. C.

Abraham, Isaac, Jacob y los hijos de Jacob


ABRAHAM


Abraham, patriarca bíblico y según el libro del Génesis (11,27; 25,10) padre de los hebreos, que parece vivió entre los años 2000 y 1500 a. C. Abraham es considerado por los musulmanes, quienes le llaman Ibrahím, como un antepasado de los árabes por medio de Ismael (uno de sus hijos). En otro tiempo se le consideró contemporáneo de Hammurabi, rey de Babilonia. Debido a que el relato bíblico de su vida se basa en tradiciones conservadas por transmisión oral más que en documentos históricos, no puede escribirse una biografía tal y como hoy la conocemos.
Llamado Abram originalmente, Abraham fue el hijo de Tare, un descendiente de Sem, y nació en la ciudad caldea de Ur, donde se casó con su hermanastra Saray, o Sara. Abandonaron Ur junto a su sobrino Lot y su familia, por inspiración divina y se dirigieron a Harán. Al recibir la promesa de que Dios haría de él una 'nación grande', Abram se trasladó a Canaán, donde vivió como un nómada. El hambre le llevó a Egipto, pero fue expulsado por presentar a Saray, su mujer, como su hermana. Una vez de vuelta a Canaán, Abram y Lot se separaron tras las disputas surgidas entre ellos y sus pastores, quedándose Lot cerca de Sodoma y continuando Abram su vida errante. Más tarde rescató a Lot de la cautividad del rey Cordorlahomor de Elam y fue bendecido por el sacerdote Melquisedec, rey de Salem. Entonces, Dios prometió a Abram un hijo de su esposa Saray, le repitió sus primeras promesas y las confirmó con una alianza.
Cuando Abram renovó esta alianza, se estableció el rito de la circuncisión, su nombre se transformó en Abraham, y el de Saray en Sara. Dios, a través de unos ángeles, volvió a prometerle que tendría un hijo varón de Sara.
Cuando Dios le informó de que iba a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra a causa de la depravación de sus habitantes, Abraham le suplicó que no lo hiciera. Dios le prometió que salvaría las ciudades si pudiera encontrar sólo diez hombres justos. Al no encontrar ninguno Dios cumplió su amenaza.
Ismael, primer hijo de Abraham y de Agar, una esclava egipcia, nació cuando Abraham tenía 86 años. Los musulmanes árabes consideran a Ismael como su progenitor. Isaac, hijo de Abraham alumbrado por Sara cuando éste tenía 100 años, fue el primero de sus descendientes legítimos. Dios exigió que Abraham sacrificara a su hijo, como prueba de fe, aunque por la incondicional obediencia de Abraham, Dios le permitió salvarle y le recompensó con una renovación formal de su promesa.
ISAAC
Isaac (en hebreo, `hará reír'), patriarca del Antiguo Testamento, hijo de Abraham, hermanastro de Ismael y padre de Jacob y Esaú. El nacimiento de Isaac fue prometido por Dios (Gén. 17, 19 y 21) a Abraham y a su esposa Sara, después de muchos años de matrimonio sin descendencia, como señal de que las bendiciones que Dios otorgó en un principio a Abraham tendrían su continuidad en Isaac, heredero de la Alianza. Los acontecimientos de la vida de Isaac son relatados en el libro del Génesis desde el capítulo 21 al 28.
El relato dominante en la narración, que constituye uno de los episodios más conocidos de la Biblia, es la del proyectado sacrificio de Isaac (Gén. 22). Según esta historia, Dios quiso probar la fe de Abraham ordenándole que sacrificara a su amado hijo. En último momento, tras quedar Dios convencido de la incondicional obediencia de ambos, padre e hijo, aceptó un carnero en lugar del joven. Se cree que este relato expresa el rechazo de los hebreos a los sacrificios humanos, practicados por las naciones vecinas. En la sinagoga actual, el carnero es recordado en el ritual de soplar el shofar, o cuerno de carnero, durante los días Solemnes del judaísmo: Rosh Ha-shaná y Yom Kipur.
El Nuevo Testamento alude a Isaac como precursor de Cristo y de la Iglesia (Gál. 3,16; 4,21-31); la obediencia de Isaac a su padre, hasta el punto de estar dispuesto a la inmolación, se asocia con la de Cristo (Heb. 11,17-19). Estos temas fueron desarrollados por varios de los autores patrísticos e Isaac aparece con frecuencia en el arte cristiano, en concreto, asociado a la eucaristía.
Los arqueólogos y demás científicos bíblicos han trazado similitudes entre la narración bíblica de Isaac y la historia de las tribus semitas. Se considera que Abraham constituye el tronco nómada del que surgieron las tribus hebreas e idumeas. Isaac representaría entonces a las tribus que se unieron para constituir la confederación hebrea y obedecer a Dios, Yahvé, una deidad tribal, en origen. Por su parte, Ismael representaría a las tribus de Idumea. Comparado con los otros dos grandes patriarcas bíblicos, su padre Abraham y su hijo Jacob, Isaac aparece como una figura menos importante. Sin embargo, los especialistas ven por una serie de detalles del relato bíblico, en Isaac, más elementos simbólicos importantes. La hipótesis es que la narración de su nacimiento es un intento deliberado, de los primeros escritores israelitas, de modificar la tradición de las tribus semitas a fin de promover la adhesión a la confederación hebrea, una alianza política y militar, al sugerir que dicha alianza estaba inspirada por una poderosa divinidad.
Jacob e hijos


Jacob, en el Antiguo Testamento, uno de los patriarcas hebreos, hijo de Isaac y Rebeca y nieto de Abraham. Tras privar con un engaño a su hermano Esaú de la bendición de su padre y de sus derechos de primogenitura, Jacob huyó a la casa de su tío, Labán, para quien trabajó durante muchos años, y cuyas hijas, Lía y Raquel desposó. Sus esposas y sus esclavas, Zilpá y Bilhá, le dieron 12 hijos, que se convertirían en los patriarcas de las 12 tribus de Israel. Lía dio a luz a Isacar, Judá, Leví, Rubén, Simeón y Zebulón; Raquel, a José y Benjamín; Zilpá a Gad y Aser, y Bilhá a Dan y Neftalí.
El relato de Jacob se narra en Génesis 25-35. Los acontecimientos más sobresalientes de su existencia fueron la visión de la "escalera de Jacob", la bendición que recibió en Betel (Gén. 28,10-22) y la concesión del nombre Israel por un adversario divino tras luchar contra él (Gén. 32,24-32). Así como la figura de Esaú está considerada como la representación de la nación de Edom (Gén. 36,8), la de Jacob, o Israel, personifica a la nación de Israel. Así, el profeta Oseas traza un paralelo entre las experiencias de Jacob y las de su pueblo (Os. 12) hacia el 1700 a. C.

miércoles, 13 de abril de 2016

CURIOSIDADES DE LA BIBLIA

Todas las curiosidades que nos suscita el libro sagrado, la Biblia
¿Cuál es el texto bíblico del que se ha encontrado un testimonio escrito más antiguo? ¿Tras la Biblia, de qué obra literaria de la Antigüedad han quedado mayor número de manuscritos? Estas y otras preguntas tienen respuesta 
El documento extrabíblico más antiguo conocido hasta ahora en que aparece la palabra Israel es la estela conmemorativa de la victoria del faraón Merenptah en varios combates durante una campaña militar por tierras de Canaán en torno al año 1230 a. C. Fue encontrada en 1896 en el templo funerario de Merenptah en la región de Tebas (Egipto). En ella se citan ciudades como Ascalón, Guézer y Yanoam, regiones como Canaán, y también se menciona la «gente de Israel», con el determinativo que lo identifica como un grupo no sedentario. No cabe duda, pues, de que en ese momento en Egipto se identifica como israelitas a un grupo de nómadas que se movían por sus zonas de influencia y con los que hubo alguna escaramuza guerrera en la franja de tierra situada entre la depresión del Jordán y el Mediterráneo.
El texto bíblico del que se ha encontrado un testimonio escrito más antiguoes la bendición sacerdotal contenida en el libro de los Números: «El Señor te bendiga y te guarde, el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia, el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz» (Números 6,24-26). Esta bendición apareció hace años, escrita sobre dos amuletos de plata datados en la segunda mitad del siglo VII a.C. y encontrados en una tumba situada en Kétef Hinnom, junto a Jerusalén. Según parece se depositaron allí para que sirvieran de protección a los difuntos en su camino hacia el sheol. En una versión más breve, «Yahvé te bendiga, y te guarde, y esté contigo», figura en una inscripción sobre una jarra del siglo VIII a.C. encontrada en Kuntillet Ajrud en el Sinaí.
Los textos bíblicos son el resultado de un largo y complejo proceso de composición. En su origen habría unas noticias que circularían de forma oral de generación en generación, y sólo al cabo del tiempo darían lugar a los relatos que ahora conocemos. En ocasiones algún hallazgo arqueológico ha venido mostrar que alguno de los personajes mencionados en la Biblia también eran conocidos en la zona. Es el caso por ejemplo de Balaán, hijo de Beor mencionado en el libro de los Números (Nm 22,5). En las excavaciones arqueológicas de Tell Deir ‘Allah, cerca de los ríos Jordán y Yaboc, en Jordania, se encontraron unas tablillas con inscripciones no israelitas en una de las cuales, datada en el siglo VIII a.C., se menciona a un adivino profesional llamado Balaán, hijo de Beor. El lugar donde aparecieron esas tablillas está en Transjordania, un poco al norte del lugar donde según el relato de Números acamparon los israelitas en las estepas de Moab. En ella se dice que tuvo una visión de dioses por la noche y que recibió un mensaje del consejo de los dioses (shaddayin). En Nm 24,16 dice de sí mismo que «ve lo que le hace ver Sadday (shadday)» (cfr. también Nm 24,4). Los textos bíblicos hablan de personajes reales.
Materiales y soportes de escritura
Una persona que vive en el siglo XXI necesita una cierta dosis de esfuerzo para hacerse cargo de cómo se escribía en el II o I milenio a. C., ya que los medios de escritura y edición de que se disponía entonces eran muy distintos a los actuales. Ahora tecleamos unas páginas en nuestro ordenador, guardamos el documento, y seguimos con nuestro trabajo al cabo de un rato, o al día siguiente. Podemos alargarnos todo lo que queramos, sin que esto suponga un coste ni un gran esfuerzo adicional. Hace unas décadas, cuando todavía se escribía con tinta sobre un papel, todo era un poco más complicado, pero no agobiante. En todos los casos, cuando se trata de un libro, una vez que se envía a la imprenta, las editoriales ponen en circulación una tirada de varios miles de ejemplares, todos iguales.
El modo en que se escribió la Biblia y se fue difundiendo su texto es muy distinto. Digamos, de entrada, que los textos más antiguos que se conservan son inscripciones talladas sobre piedra, hueso o láminas metálicas, o bien en tablillas de arcilla sobre las que se marcaban signos con incisiones y luego se cocían, o trozos de cerámica sobre los que se escribía con carboncillo. Un soporte más ligero, y más fácil de manejar y transportar que todos esos, es el papiro, que se fabrica con los tallos de una planta, de la que toma su nombre, muy abundante en Egipto. En épocas más tardías también se utilizó el pergamino, fabricado a partir de piel de animales debidamente tratada, mucho más costoso que el papiro, pero también más resistente. Papiro y pergamino fueron los materiales de escritura más empleados en el mundo antiguo para textos extensos hasta que se inventó el papel en China y se difundió su uso por Siria y Egipto durante los siglos vii-viii d. C. ¡Cuando se escribió la Biblia el papel era desconocido en el Próximo Oriente!
El sistema de escritura más antiguo del que se han encontrado restos arqueológicos en el Próximo Oriente es la cuneiforme sobre tablillas de barro cocido. Fue creado por los sumerios en el tránsito del iv al iii milenio a. C. El papiro es más tardío. El más antiguo que se conserva se remonta a la dinastía V de Egipto (en torno al año 2470 a. C.). Pero han llegado hasta hoy muy pocos papiros de épocas tan remotas. Sólo el clima extremadamente seco de algunas zonas de Egipto o del desierto en torno al mar Muerto ha permitido la conservación del papiro durante mucho tiempo. En regiones más húmedas su duración media es breve, apenas algunos siglos. Por consiguiente, de las épocas en las que se usaban en proporciones parecidas la escritura cuneiforme en tablillas y el papiro, se han podido encontrar muchas tablillas y muy pocos papiros.
El raro arte de la escritura
Durante el II y gran parte del I milenio a. C., la escritura era un arte al que sólo tenían acceso algunos privilegiados. Casi nadie sabía leer ni escribir. No obstante, en los palacios y centros administrativos de importancia se conservaban archivos de textos escritos. Los había de trámite comercial, como contratos, facturas o listas de productos. También había escritos legales, como códigos o pactos de alianza, textos míticos o religiosos, y actas reales, de ordinario para ensalzar hazañas y logros del gobernador o monarca reinante que justificasen el poder del que estaban revestidos él y sus sucesores. 
Las mejoras en los soportes y técnicas de escritura que tuvieron lugar a lo largo de los siglos propiciaron impulsos decisivos en la transmisión de los textos escritos más antiguos. Fabricar una copia de un documento para reemplazar otra que se estaba deteriorando o para disponer de algún ejemplar más era bastante costoso. Implicaba comprar el nuevo soporte (papiro, tablillas u objetos de barro cocido) y pagar al copista que lo escribiese. Esta tarea obligaba a veces incluso a reescribirlo por completo usando un nuevo alfabeto, como sucede por ejemplo al pasar de las tablillas de arcilla, con escritura cuneiforme, al papiro, donde no se puede utilizar ese sistema y se requiere un alfabeto de otro tipo. Se trataba, pues, de un trabajo especializado y muy caro. Por eso, sólo se copiaban algunos textos, aquellos que seguían manteniendo interés o utilidad al cabo del tiempo, por lo que la mayor parte de los escritos primitivos se perdieron para siempre. Además, cuando se hacía una nueva copia, de ordinario se aprovechaba la ocasión para actualizar el texto anterior en lo que se considerase necesario, tanto en cuestiones de idioma como de contenido.
Las primeras composiciones literarias están registradas en Mesopotamia con escritura cuneiforme sobre tablillas de arcilla cocida. Dependiendo de la extensión de la obra se podrían requerir varias tablillas: doce, por ejemplo, para la Epopeya de Gilgamesh. La palabra final de una tablilla se volvía a escribir al principio de la siguiente, indicando así en qué orden deberían leerse.
Relaciones entre Egipto y Mesopotamia
Las inscripciones sobre piedra, los textos grabados en las paredes y las tablillas cuneiformes que se han conservado hasta hoy —y se han podido encontrar— proporcionan la mayor parte de los datos que conocemos acerca de las relaciones entre Egipto y Mesopotamia, o de lo que sucedía con el Imperio asirio, el babilónico e incluso con los orígenes del persa.
Para los textos de la vida corriente (cartas, contratos, órdenes militares,…) el soporte normal en Samaría y Judea al menos hasta el siglo VI aC. eran trozos de vasijas de barro cocido(ostraka). Poco a poco se fue pasando después al papiro tanto para los textos ordinarios como para los literarios que comenzaban a ser algo más abundantes.
Según parece, la transición del papiro al cuero tuvo lugar durante el período persa, al ir introduciéndose en la provincia de Judá los usos de la cancillería imperial durante los siglos V y IV a.C. A la vez, se fue generalizando el uso del arameo como lengua oficial y comercial, en detrimento del hebreo hablado hasta entonces. También se fue imponiendo el alfabeto cuadrado arameo para escribir los textos hebreos, mientras se dejaba de usar el alfabeto hebreo primitivo. 
En esos primeros siglos de escritura sobre cuero, éste aún no tenía la calidad de la piel tratada con una técnica que adquirió gran perfección en la ciudad de Pérgamo, durante el siglo ii a. C., por lo que su producto se llama pergamino. Se trataba de algo mucho más rudimentario, y sólo bien avanzada la época helenística, e incluso en el comienzo de la ocupación romana, fue posible disponer en Palestina de un soporte de tal calidad para la escritura.
¿Dónde están los ejemplares más antiguos de los textos bíblicos?
No se conserva el manuscrito original de ninguna gran obra literaria de la Antigüedad, y tampoco de la Biblia. La razón es muy sencilla. Los textos se escribían sobre papiro, que es un material muy poco duradero, porque se deteriora fácilmente con la humedad y con el uso. Sin embargo, en el caso de libro de la Biblia, desde sus orígenes se fueron haciendo copias, de forma que su contenido se fue difundiendo y transmitiendo sin dificultad.
En Qumrán se han encontrado copias parciales de todos los libros de la Biblia hebrea realizadas en el siglo I, e incluso dos copias casi completas del libro de Isaías, el más extenso del Antiguo Testamento.
Por lo que se refiere al Nuevo Testamento, el papiro más antiguo que se conserva contiene varios versículos del Evangelio de san Juan (Jn 18,31-33 y 18,37-38), y está datado en la primera mitad del siglo ii, es decir, no más de cincuenta años después de que fuera escrito. Se conserva en la John Rylands University Library de Mánchester.
También han llegado hasta nuestros días fragmentos de papiros con textos de Mateo y de Lucas de finales del siglo ii, y hay papiros del siglo iii que contienen pasajes muy extensos del Nuevo Testamento. En total, son más de treinta, y están repartidos por las grandes bibliotecas de Europa y América, y llegan hasta ciento diez los oficialmente catalogados, incluyendo algunos del siglo iv y posteriores. Hay algunos muy importantes, como los tres que componen la colección Chester Beatty: uno de ellos, que data aproximadamente del año 200, contiene una parte de las cartas de san Pablo, y los otros dos, de la primera mitad del siglo iii, tienen amplios fragmentos de los Evangelios, Hechos de los Apóstoles y Apocalipsis. También en la colección Bodmer se incluye uno datado en torno al año 200 que contiene catorce capítulos del Evangelio según san Juan, y otros algo posteriores, con pasajes extensos de otros Evangelios, Hechos de los Apóstoles, la Carta de Judas y las dos de san Pedro.
Además de escribir en papiros, en cuanto les fue posible, los cristianos comenzaron a usar el pergamino para conservar los textos sagrados. Nos han llegado textos casi completos de la Biblia en pergamino en varios códices. 
Los más antiguos son el llamado Códice sinaítico, que se conserva en la British Library de Londres, y el Códice vaticano que, como su nombre indica, está en la Biblioteca Vaticana, ambos del siglo IV. Del siglo v son los códices que se conservan en la Biblioteca del Patriarca de Alejandría, otro más en el Vaticano, en la Biblioteca Nacional de París y en la University Library de Cambridge.
Esto supone que tenemos documentos que ofrecen un testimonio comprobable de que los textos bíblicos son muy fiables. De hecho, el Nuevo Testamento es el libro antiguo mejor atestiguado y contrastado desde el punto de vista textual de la historia. En estos momentos se conservan más de cinco mil ejemplares manuscritos en griego. De ninguna otra obra literaria de la Antigüedad se conservan tantas copias manuscritas y tan cercanas a los originales, ni de lejos. Incluso en el caso de los grandes clásicos más utilizados en la Antigüedad, el número de copias que se conserva es mucho menor: de ordinario, apenas pasan de una decena, y son muy posteriores a los originales, que en ningún caso se conservan. 
La «Iliada», después de la Biblia
Por ejemplo, la obra literaria de la Antigüedad de la que han quedado más manuscritos, después de la Biblia, es la «Iliada». De ella se conservan unas seiscientas cincuenta copias. De los Anales de Tácito hay veinte, que son novecientos años posteriores al original. Otros libros quedan aún más lejos. De «De la poética de Aristóteles», por ejemplo, sólo se han conservado cinco ejemplares manuscritos, que además son mil trescientos años posteriores al original. 
Respecto al Antiguo Testamento, la situación es muy semejante. El Códice sinaítico y el Vaticano contienen también una traducción griega casi completa del Antiguo Testamento. Pero, además, en Qumrán —como ya hemos dicho— se han encontrado papiros y pergaminos del siglo I, e incluso anteriores, con amplios fragmentos bíblicos y hasta libros completos, como el de Isaías.
**Francisco Varo Pineda es profesor de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra.

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sábado, 9 de abril de 2016

AaINMIGRANTES EN EL SIGLO XVI

¿Quién decidió la expulsión de los moriscos, los refugiados del siglo XVII?
La expulsión de los cerca de 300.000 moriscos que habitaban en la Península Ibérica fue un duro golpe para muchas regiones españolas. Tal día como hoy de 1609 Felipe III firmó el decreto final 

En tiempos de Felipe II, el Papa definió Granada como «la diócesis menos cristiana de toda la Cristiandad». La numerosa población musulmana y su negativa a bautizarse de forma sincera devino en la Guerra de las Alpujarras. La victoria cristiana, en 1571, trajo consigo la deportación general de los 80.000 moriscos granadinos hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente hacía Andalucía Occidental y las dos Castillas. La deportación solo era el principio de una tragedia todavía mayor. 
Muchos consejeros instaron a Felipe II a expulsarlos de todos los rincones de la península, pero los riesgos de causar una nueva insurrección armada hicieron desistir al Rey. La población morisca se dispersó por España, donde ya se encontraban establecidos muchos núcleos que habían migrado previamente. Según varios análisis del ADN de la población actual de España, hay ausencia casi total de cromosomas típicamente africanos en Andalucía Oriental, pero una fuerte presencia de estos elementos (hasta 20%) en GaliciaLeón y Extremadura. Pero dispersar los moriscos no iba a acabar con los problemas sociales y religiosos que su presencia generaba a ojos de los monarcas.
De fronteras para dentro, la expulsión general de los moriscos fue su medida más célebre y arriesgada de Felipe III 
En materia internacional, el reinado de Felipe III es recordado por los procesos de paz que cerró con Inglaterra, Francia y Holanda, lo cual dio aire al exhausto Imperio español. De fronteras para dentro, la expulsión general de los moriscos fue su medida más célebre y arriesgada. A poco tiempo de acceder al trono en 1598, el Rey realizó un viaje a Valencia acompañado de su valido, Francisco Gómez de Sandoval, el Duque de Lerma, defensor de mantener la situación cómo estaba. Felipe III y su esposa pudieron observar de primera mano que la abundante población morisca de esta región funcionaba como un núcleo aislado.
La oposición de Lerma, que mantenía sustanciosos negocios con comerciantes moriscos, cedió cuando el Rey prometió compensaciones económicas para los nobles que pudieran verse afectados por una eventual deportación masiva. El duque pasó así de ser el máximo defensor de esta minoría social, a ser el impulsor del plan de expulsión. En cualquier caso, parece que la decisión corrió directamente a cargo de Felipe III. Al Monarca le atormentaba periódicamente un fuerte sentimiento de culpa por no haber cumplido con las expectativas de su padre, que a decir verdad eran pocas. Solo culpa y el fervor religioso pudieron llevarle a tomar una decisión así.
La Reina Margarita también era partidaria de la expulsión, puesto que consideraba a esta población una amenaza posible contra la Corona. Según los informes que manejaban los ministros del Rey, los moriscos de la región aragonesas habían contactado con el Rey de Francia, Enrique IV, para llevar a cabo una sublevación general con apoyo de barcos franceses. Nacida fuera de España, Margarita de Austria no comprendía que un país que presumía de ser el más católico de Europa permitiera a los moriscos practicar su religión con discreción. Ella presionó para que fueran expulsados. No obstante, dada la escasa influencia de Margarita en su marido, casi es más probable que Lerma creyera que capitaneando la propuesta podría mejorar su mala relación con la Reina.
Un drama humano y económico
Tras un año de preparación, los primeros moriscos expulsados fueron los del Reino de Valencia (el decreto se hizo público el 22 de septiembe de 1609), a los que siguieron los de Andalucía (10 de enero de 1610), Extremadura y las dos Castillas (10 de julio de 1610), en la Corona de Castilla, y los de la Corona de Aragón (29 de mayo de 1610). La expulsión de los cerca de 300.000 moriscos que habitaban en la Península Ibérica fue un duro golpe para muchas regiones españolas. 
La expulsión de un 4% de la población perteneciente a la masa trabajadora, pues no constituían nobles, hidalgos, ni soldados, supuso una merma en la recaudación de impuestos, y para las zonas más afectadas (se estima que en el momento de la expulsión un 33% de los habitantes del Reino de Valencia eran moriscos) tuvo unos efectos despobladores que se dejaron sentir durante todo el siglo.
La diócesis menos cristiana
La palabra morisco hacía referencia a los musulmanes bautizados tras la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos. Ya fuera una conversión voluntaria u obligatoria, todos los habitantes de procedencia islámica fueron designados de esta manera. Tras un proceso para convertir a la población por medios pacíficos, una visita de los Reyes a Granada en 1499 hizo saltar las alarmas en la corte: el aire musulmán seguía impregnando la ciudad, tanto en sus vestidos como en sus costumbres. Durante el reinado de Carlos V, los moriscos se encargaron a través de donativos de que la conversión forzosa quedara aplazada por varias décadas. 

lunes, 4 de abril de 2016

RIMAS

RIMAS XXI
¿Qué es poesía? Dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
RIMAS XXIII
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso… ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
RIMAS XVII
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!
RIMAS XXXIII
Es cuestión de palabras, y, no obstante,
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado convendremos
en quién la culpa está.
¡Lástima que el amor un diccionario
no tenga dónde hallar
cuándo el orgullo es orgullo
y cuándo es dignidad!
RIMAS LXXVII
Dices que tienes corazón, y sólo
lo dices porque sientes sus latidos;
eso no es corazón… es una máquina
que al compás que se mueve hace ruido.

RIMAS DE A. BECQUER

RIMAS XXI
¿Qué es poesía? Dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
RIMAS XXIII
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso… ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
RIMAS XVII
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!
RIMAS XXXIII
Es cuestión de palabras, y, no obstante,
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado convendremos
en quién la culpa está.
¡Lástima que el amor un diccionario
no tenga dónde hallar
cuándo el orgullo es orgullo
y cuándo es dignidad!
RIMAS LXXVII
Dices que tienes corazón, y sólo
lo dices porque sientes sus latidos;
eso no es corazón… es una máquina
que al compás que se mueve hace ruido.